POV EDUARDO SANTILLANA
La emoción de ver a Abby se disipó en el instante en que lo vi.
Aquel hombre.
Venía acompañado de Lionel, el primo de mi madre.
Sin embargo me basto escuchar el tono con el que habló —despectivo, invasivo— para que algo en mí se encendiera. Mi sangre empezó a hervir antes incluso de que terminara la frase.
No sabía quién era, pero lo supe al mismo tiempo: ese hombre podía ser el padre del bebé. La palidez repentina en el rostro de Abby, su respiración contenida, lo confirmaron.
Cuando ella se quedó sin palabras, di un paso al frente sin pensarlo.
—Señor —dije con calma firme—, la vida privada de los demás no es asunto suyo.
Antes de que pudiera replicar, giré hacia Lionel.
—Hola, Lionel. Qué gusto verte en España.
Sonrió, aliviado.
—Eduardo, qué coincidencia. Mira, te presento a mi amigo Daniel. Ambos vinimos a impartir clases en este instituto por una semana.
El tal Daniel me observó con atención excesiva. Cuando estrechó mi mano, apretó