Siento algo húmedo sobre mi frente. Es frío, pero reconfortante. Al mismo tiempo, un aroma dulce y familiar se cuela por mi olfato, tan cercano que me obliga a abrir los ojos poco a poco.
De reojo, la distingo. Está sentada frente a mí, concentrada en exprimir una toalla dentro de un recipiente. El corazón comienza a acelerarse, y de inmediato comprendo dónde estoy: en su apartamento. Valió la pena haberme desplomado en aquella cafetería. Ella no podría ser tan desalmada como para dejarme tirad