Días después, Sandro estaba sentado en el porche de su casona, ponderando la tranquilidad que se respiraba allí, había viajado muchísimo por el mundo, siendo más joven. Había contemplado las cúpulas doradas de Florencia y las elegantes torres de París. Había visitado islas exóticas impolutas, la majestuosidad de los Alpes suizos y las áridas rocas talladas del Gran Cañón.
Sin embargo, nada se equiparaba a la felicidad que había encontrado justo allí, en el lugar que había comprado para pasar mo