La súplica de ella lo hizo sonreír.
— Si eso es lo que quieres, estás de suerte.— Murmuró él, tomandola nuevamente entre sus brazos. Ninguno de los dos pronunció ni una sola palabra. Simplemente permanecien entrelazados, disfrutando del momento. Entonces, él se separó ligeramente para mirarla y se movió, para poder quitarle las botas y los calcetines. A continuación, se quitó los suyos.
–¿Nos verá alguien? –interogó ella en un soollozo ahogado. Sus ojos castaños reflejaban Su preocupación.
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