Cuando Serena despertó a la mañana siguiente, sintió un calor extraño en su cuerpo.
Al alzar la cabeza, se golpeó contra algo firme. Se giró un poco y, al volver a mirar, se encontró de frente con el rostro atractivo y sereno de Esteban.
Despertar viendo a un hombre guapo era, sin duda, un deleite para los ojos.
Claro que habría sido aún mejor si ese rostro no estuviera tan serio.
Serena se apresuró a estirar la mano para frotar su barbilla, que había golpeado:
—Ay, perdón, perdón...
Esteban le