Serena ya se había acostumbrado a que en esa enorme casa alguien pudiera aparecer en cualquier rincón en cualquier momento.
Después de todo, Esteban había comprado una mansión tan grande que era imposible mantenerla sin ayuda. Las empleadas podían estar en la cocina, en las escaleras o incluso en los dormitorios. Todas llevaban el mismo uniforme, pero sus rostros no se parecían en nada.
Serena pensó que, si alguien quisiera asesinar a Esteban, lo mejor sería disfrazarse de empleada y esconderse