Serena abrió la puerta del apartamento.
Ajá.
El salón estaba vacío, ni una sola alma a la vista.
Al parecer, el jefe superocupado todavía no había vuelto a casa.
Miró la cajita de pastel que llevaba en la mano. A través del empaque transparente, casi podía jurar que el pastelito le suplicaba con lágrimas en los ojos que lo comiera de una vez.
Pensándolo un momento, se dirigió a la cocina para meterlo al refrigerador.
Pero justo entonces, escuchó pasos acercándose.
Un hombre bajaba las escaleras