Stella llamó a Mayra, para informarle que abandonaría la casa y el país ese mismo día, por si quería verla, pero apenas la llamada se cortó, Marina que sostenía la canasta donde iban los dos bebés, musitó con voz quebradiza y cargada de preocupación. Marina ajustó la manta que cubría a los pequeños mientras continuaba con su reflexión, observando cómo sus diminutos pechos subían y bajaban con cada respiración inocente, ajenos al torbellino de circunstancias que los rodeaba desde su nacimiento.