Soliictuda de divorcio.
Sebastián tensó la mandíbula mientras observaba a esos dos hombres que, como murallas de carne y músculo, impedían su paso hacia ella.
La sangre le hervía en las venas, pulsando con fuerza en sus sienes, mientras sus puños se cerraban a ambos lados de su cuerpo, blanqueando los nudillos por la presión ejercida.
Sus ojos, oscurecidos por la rabia, intentaban buscar un hueco, una fisura entre aquellos cuerpos para poder vislumbrar aunque fuera por un instante el rostro de la mujer que por sie