No sientas nada, no lo pienses tanto… solo respira.
La reacción fue instantánea para Isabella, como un latigazo suave de electricidad recorriéndole la espalda. Un calor inesperado le trepó por la columna, similar al roce de una llama tibia que no quema, pero deja marca.
Las palabras de Gabriel, tan precisas como oportunas, no habían sido simplemente una intervención cortés, fueron más bien como una caricia invisible, un salvavidas lanzado justo antes de que se hundiera.
Isabella alzó la mirada casi sin pensar, como quien busca un faro en la nie