—¡Ponla al teléfono! —gritó Leandro.
Ismael dudó por un segundo. Se levantó, se dirigió a la salida y dijo:
—No necesitas saber.
—Señor Soto, ¿es ese Leandro? —preguntó Julieta.
Ismael se detuvo. Tapó el teléfono con la mano y respondió:
—No, es asunto de trabajo.
Julieta apretó los labios y forzó una sonrisa.
—Señor Soto, a veces uno no puede evitar el desastre. Deme el celular, hablaré con él.
Los dos se quedaron paralizados por un momento. Luego, Ismael terminó cediendo.
Julieta se aclaró su