Carlos Méndez no había ido a la comisaría por casualidad.
Tenía la credencial de prensa colgada al cuello, una mochila cruzada sobre el pecho y el celular en la mano, pero esa tarde no se sentía periodista. Se sentía hermano.
Había pasado años escuchando a Claudia pedirle que no se metiera.
—No hagas nada, Carlos. Hernán Del Valle tiene contactos.
—No publiques nada, Carlos. Me va a destruir.
—No lo entiendes. Ese hombre no amenaza como cualquiera. Primero sonríe y después te quita tod