Agustín estacionó frente al consultorio de Esteban y apagó el motor.
No bajó y Emma tampoco.
La niña estaba sentada en el asiento del acompañante, con el cinturón todavía puesto, la mochila sobre las piernas y la mirada clavada en la ventana. No había preguntado demasiado durante el camino. Apenas dijo que no entendía por qué tenía que ir si ella no estaba loca.
Agustín le explicó, con toda la calma que pudo juntar, que ir a hablar con alguien no significaba estar mal de la cabeza. Que a vece