Esa mañana, Hernán Del Valle estaba estacionado frente a la casa que antes también había sido suya.
No tocó timbre.
Simplemente se quedó dentro del auto, con el motor apagado y las manos sobre el volante, mirando la puerta principal.
Eva lo vio desde la ventana de la cocina.
Estaba preparando las viandas de los niños cuando levantó la vista y distinguió el auto negro junto al cordón. Al principio pensó que podía ser cualquier vecino, alguien estacionado por casualidad.
Pero no.
Era Hernán.