Hernán Del Valle salió de la sala de reuniones con la mandíbula apretada.
No caminó rápido,ni se mostró enojado.
No iba a regalarle a nadie la imagen de un hombre alterado.
Pero por dentro estaba furioso.
Agustín Leone lo había dejado parado en su propia empresa como nadie lo había hecho antes. No lo acusó. Ni levantó la voz.
Y eso fue lo que más le molestó.
La calma.
La forma en que lo miraba.
La seguridad con la que pedía documentos.
El modo en que nombró a Claudia Méndez co