Sonia no quería soltar la manta.
La tenía apretada contra el pecho, sentada en la cama de la habitación apartada de la clínica, con los pies recogidos debajo del cuerpo y la mirada clavada en un punto de la pared.
Esteban no la apuró.
Había pedido que la sesión fuera en un espacio tranquilo, sin interrupciones, lejos del ruido del pasillo y de las preguntas médicas que a veces parecían necesarias, pero dolían igual.
Sonia había aceptado verlo.
No porque confiara.
Todavía no podía confiar d