Eva llegó a casa con los niños cuando la noche ya había caído por completo.
Venía cansada.
No de sueño.
De sostener el día entero sin quebrarse.
La imagen de Sonia en la escollera todavía le golpeaba en la cabeza.
Eva estacionó frente a su casa y apagó el motor.
—¿Mamá? —preguntó María desde el asiento trasero—. ¿Estás bien?
Eva miró a sus hijos por el espejo retrovisor.
María tenía los ojos dulces, todavía llenos de esa confianza que a veces la hacía abrazar antes de preguntar.