Agustín conducía de regreso a casa. Tenía que llegar tranquilo para revisar los sobres. Todavía no los había revisado.
No porque no quisiera.
Porque sabía que, en cuanto lo hiciera, algo iba a cambiar para siempre.
El teléfono seguía sin sonar. Eva había prometido avisarle cuando encontrara a Sonia, pero el silencio se le estaba metiendo debajo de la piel. Cada semáforo en rojo le parecía una demora insoportable. Cada esquina le devolvía la misma inquietud, aunque ni siquiera conociera a e