En la casa, Emma estaba sentada en la barra de la cocina, observando a su madre cortar verduras.
Era extraño.
Vanessa casi nunca preparaba el almuerzo con delantal y música suave de fondo.
No con esa sonrisa tranquila que seguramente había ensayado frente a un espejo.
—¿Desde cuándo cocinás? —preguntó Emma, con una mezcla de curiosidad y ternura.
Vanessa soltó una risa suave.
—Desde siempre, mi amor. Lo que pasa es que antes no tenía tiempo.
Emma apoyó los codos sobre la barra.
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