Eva despertó antes de que sonara el despertador.
No fue la alarma.
Fue el cuerpo.
Ese aviso silencioso de que algo había cambiado en ella.
Abrió los ojos y se quedó quieta, mirando el techo. La casa todavía estaba en calma. Afuera apenas comenzaba a aclarar, y por un instante quiso convencerse de que todo lo ocurrido la noche anterior podía acomodarse en algún rincón de su memoria y quedarse allí, sin hacer ruido.
Pero no pudo.
No se sentía culpable por lo que había hecho.
Eso fue