Vanessa se incorporó un poco sobre la cama, cubriéndose con la sábana y observando el cambio brusco en el rostro de Hernán.
Hacía unos segundos él dominaba la habitación con una seguridad casi arrogante. Ahora, en cambio, su mandíbula estaba rígida, los ojos fríos y la boca apretada como si ese nombre en la pantalla hubiera interrumpido algo más que una noche de sexo.
—¿Quién es? —preguntó ella, con la voz apagada.
—Nadie —cortó él.
Pero el teléfono volvió a sonar.
Hernán contestó con