—Salí de acá y llamá a papá. Ya.
El abogado lo observó unos segundos. Pocas veces había escuchado a Hernán hablar de sus padres. La última había sido cuando intentó convencerlos de que aquella fila de mujeres que pasaban por su oficina no era más que una sucesión de “deslices”.
Si ahora pedía por su padre, no era para conversar.
Quería que el viejo lo sacara de allí.
—Ahora salgo y lo llamo.
El abogado cruzó el pasillo y, apenas estuvo lejos de la celda, marcó el número del padre de Hernán. El