Hernán llevaba demasiado tiempo caminando de un extremo al otro de la celda.
No sabía cuánto exactamente. Había perdido la cuenta entre las veces que pidió hablar con su abogado, las respuestas secas de los guardias y ese silencio insoportable que quedaba después, cuando volvía a encontrarse solo entre cuatro paredes mugrosas.
Lo que más lo irritaba no era estar encerrado.
Era no saber.
No sabía qué había declarado Eva y qué habían encontrado en su contra. No sabía quién había hablado ni cuá