Eva llegó a la cocina unos minutos después que él.
Agustín ya estaba ahí, apoyado contra la mesada, esperando que hirviera el agua. Había dejado dos tazas preparadas y, cuando la vio entrar, no preguntó por qué seguía despierta.
—¿Se durmieron? —preguntó.
Eva se sentó frente a la mesa y se acomodó el cabello detrás de una oreja.
—Sí. Los dos cayeron rendidos.
Agustín terminó de preparar el té y dejó una taza delante de ella. El aroma suave y el vapor subieron hasta su rostro.
Tilo.
Eva ac