La quietud en el interior de su suntuosa alcoba se percibía asfixiante, transfigurándose en un tormentoso escenario de zozobra para Mary. Aún no había tenido la oportunidad de despojarse de su costoso atuendo de etiqueta, pero la serenidad de su espíritu ya se encontraba pulverizada.
El eco de sus pasos se escuchó veloz e irregular mientras deambulaba sin sosiego sobre la espesa alfombra, aferrándose la cabeza, aquejada por una repentina jaqueca dictada por la paranoia.
«Preciso ejecutar una es