A la mañana siguiente, en el interior de una majestuosa y silenciosa oficina.
—¿Todavía no has descubierto dónde estudia ese niño? —preguntó Elena.
El tono de voz de Elena se elevó, frío y cargado de la exigencia absoluta característica de la familia Vanderbilt. Sus ojos se clavaron con dureza en el detective privado que había contratado, quien permanecía de pie frente a su escritorio, inclinado en una respetuosa reverencia.
—Le presento mis más sinceras disculpas, señora Elena. Todavía sigo inv