LISSANDRA
No recuerdo mucho del camino a casa, solo que me sentía en las nubes. O en la espalda de un dios griego con problemas de control.
—¡¡Yupiiiiiii, me lleva mi hombreeeeee!! —grité tan fuerte que un perrito en la calle me ladró de vuelta.
Ash no dijo nada. Solo caminaba con paso firme, cargándome como si fuera una mochila molesta. Y yo reía. Golpeando su delicioso trasero mientras cantaba algo. ¡Dios, cuánto reía!
Apoyé la mejilla en su espalda y murmuré:
—¿Sabes que hueles a hombre sexy