ASHTON GARDNER
Entré como cada mañana de la mano de mi esposa. Ella, siempre tan hermosa, llamaba la atención de todos. Yo caminaba orgulloso de tener a la mujer más bella a mi lado. Subimos al ascensor y la presioné contra la pared para besarla con todo el deseo que sentía por ella.
—Ash…
—Sabes que no me gusta dejarte sola, ¿verdad? —le dije mientras la sostenía contra la pared del ascensor, nuestras manos entrelazadas, nuestros labios aún tibios del beso anterior.
—Solo es un rato —dijo Liss