El ataque había terminado.
Los hackers se habían desintegrado, como cenizas digitales barridas por una tormenta de código.
El sistema volvía a la normalidad.
Las pantallas parpadeaban menos.
El silencio era espeso, tenso, eléctrico.
Y ahí estábamos.
Yo, con los ojos clavados en Tiffany.
Ella, sentada a mi lado, con los dedos aún temblando sobre el teclado.
—¿Tú? —repetí, bajando la voz.
Ella no respondió. Solo me miró.
—Eres Rosa Negra…
Tardó un segundo.
—Y tú… ShadowFox.
No era una pregunta. E