ASHTON GARDNER
El médico salió de la sala con el rostro cansado, pero tranquilo.
Me puse de pie al instante.
—¿Y bien?
—No tiene heridas internas. Ningún rastro de violencia sexual —dijo—. Solo marcas en las muñecas y los tobillos. Las ataduras la dejaron muy adolorida. Pero no hubo más daño físico.
Mi corazón se desinfló de golpe.
Pero el alma… aún temblaba.
—¿Puedo verla?
—Sí. Pero… está muy sensible.
Asentí.
Entré.
Y ahí estaba.
Mi esposa.
Mi Liss.
Vestida con una bata blanca, sentada en la