ASHTON GARDNER
Apenas cerré la puerta de la suite, giré la cerradura con calma. Demasiada.
Lissandra estaba sentada en el borde de la cama, como si no supiera si debía reírse… o correr.
Yo la miraba sin decir nada.
Me quité el reloj.
Aflojé los botones del cuello de mi camisa.
—¿Quieres explicarme —dije finalmente, con voz baja— qué demonios hacías en un bar lleno de hombres semidesnudos?
—No fue mi culpa, amor… era una noche de chicas y—
—Y justo eligieron el bar donde un hombre con pantalones