LISSANDRA
El fin de semana había llegado en un abrir y cerrar de ojos, entré a su despacho en silencio, ahí estaba mi adorado esposo, en el sofá, leyendo un informe muy concentrado, camisa suelta, mangas arremangadas, se veía tan sexy. El rey Gardner en su hábitat natural. Concentrado, elegante… peligrosamente atractivo.
Me acerqué con paso lento. Lo sabía. Ya me conocía ese gesto. Esa sonrisa con truco. Me miró por encima del marco de las gafas, sin levantar del todo la cabeza.
—¿Qué hiciste?