LISSANDRA
Desperté en mi habitación. Mis brazos buscaron a Ash, pero no estaba. Abrí los ojos con un leve dolor de cabeza.
—Oh, por Dios… juro que no vuelvo a beber.
Me senté aún un poco desorientada y, entre mis piernas, pude sentir el castigo que el señor Gardner me había dado. Una sonrisa apareció al recordarlo; sin duda, mi esposo era un semental.
Giré y, en la mesita de noche, había una tableta, jugo de naranja y mi desayuno.
Tomé la tableta y comí tranquila. Al ponerme de pie, mis piernas