LISSANDRA
El primer rayo de sol entró entre las cortinas de la suite. No sabía qué hora era ni me importaba. Solo sabía que estaba en sus brazos, que su pecho subía y bajaba despacio, que su respiración era cálida en mi cuello. Y que mi amado esposo era solo mío aunque quisieran quitármelo.
Lo abracé más fuerte.
Su mano se movió automáticamente a mi cintura, sus dedos acariciándome con esa familiaridad que solo se gana cuando dos cuerpos se conocen al detalle, no solo por deseo, sino por amor.