WILLIAM FOREST
No entendía qué me pasaba.
Llevaba todo el día con su imagen clavada en la mente. Su voz. Sus ojos. Incluso el tono con el que murmuró “gracias”. Era ridículo. Yo, William Forest, el tipo que podía manejar catorce horas sin pestañear, hoy había revisado cinco veces la cámara de seguridad del hall.
Y no por protocolos.
Sino para volver a verla.
Camila.
El nombre me sonaba suave en la mente, pero el efecto que tenía en mí era cualquier cosa menos tranquilo. Me había dejado noqueado