Un par de brazos fuertes se posaron sobre los hombros de Selene, mientras una abrumadora sensación de calor se imponía sobre todo su torso.
—¡Abre los ojos! —ordeno con firmeza una voz. Una que no se parecía en lo absoluto a la de la criatura que se le había abalanzado.
De manera obediente, la cazadora abrió los ojos mientras se sentaba en la cama en un solo movimiento; a su alrededor, la oscuridad aun reinaba en la habitación, la noche era dueña del mundo.
Ante aquel pensamiento, el estómago d