—¡Muy bien, doctor Gerald, active el pulso ahora! —dijo la doctora Auberbach observando en el escáner las zonas cerebrales de Amaya.
En el momento en el que el doctor activó el pulso eléctrico, Amaya, quien yacía sujeta con correas a una camilla en una de las salas más sofisticadas del área de investigación de La Orden, cerró los ojos.
Parecía dormir, sin embargo, si se miraba con atención podía verse el temblor de sus párpados cerrados, que ocultaba el rápido movimiento de sus globos oculares.