El pequeño feto dentro de la bolsa apenas medía unos diez centímetros y su piel tenía un color rojizo. Se veía tan apacible allí dentro con sus diminutos ojos cerrados, ajeno a toda la maldad del mundo. Los labios de Amaya temblaron al verlo mover los dedos en sutiles espasmos.
—Apague el sistema —dijo ella con voz ronca.
El médico no se movió.
—¡Le dije que lo apague!
—Puedo ayudarte.
La voz del médico era débil y temblorosa, al no escucharla contestar, creyó que la cazadora aceptaría su ayuda