De nuevo, sus manos blancas de lirio que ahora lucían manchadas de mugre, subieron hasta el cuello y tiraron del frío metal de su esclavitud.
Lía, recostada en el rincón de la habitación, suspiró y encogió las piernas llevando las rodillas hasta su pecho.
Llevaba días allí y la sed comenzaba a ser intolerable, pasó la lengua seca y rasposa sobre sus labios cuarteados. En otras circunstancias no estaría así. Centurias atrás juró que nunca más sería pisoteada, que nunca más se aprovecharían de el