Amaya abrió los ojos con dificultad. Escuchó el rumor lejano de voces, pero no identificaba lo que decían, ni a quién pertenecían. Todo en su mente era borroso.
Entonces recordó de golpe.
Ryu arrodillado con una enorme mancha de sangre esparciéndose en el pecho de su camisa blanca.
Un nudo le apretó la garganta, asfixiándola. Las paredes a su alrededor parecían moverse, se le venían encima. Un puño de hierro le aplastaba el corazón. Ryu había muerto.
—¡No! —gritó temblando. Apartó las sábana