Era la media noche cuando Dorian entró a la recámara y lo envolvió la seductora fragancia del sándalo y el jazmín.
La atmósfera era cálida, fragante, la luz, tenuemente rojiza. En medio de la habitación, con la piel aún húmeda por el baño, envuelta en un albornoz tan blanco como su piel, Lía secaba su cabello liso y negro como la tinta.
Ella apenas le dedicó una mirada fugaz y continuó secando su cabello. Dorian miró sobre la cama un pequeño vestido rojo de tela vaporosa, inmediatamente tor