Amaya, sentada en el borde del techo que daba al estacionamiento, miraba al vacío. Otra vez no podía dormir. No dejaba de pensar y recordar. Su corazón la atormentaba, su mente la interpelaba. No le daba tregua acusándola de traidora, de débil, de dejarse fascinar por el misterio y el peligro que irradiaba el príncipe. Quizás era cierto todo lo que había dicho Adriana y ella era una traidora, al menos su corazón lo era.
Todos los días sin descanso, la misma lucha consigo misma. No conseguía l