Levanté mis manos atadas y las acerqué a mis mejillas, buscando aliviar la picazón que las lágrimas habían dejado en mi piel.
Mi cuerpo se tambaleaba debido a la rapidez del caballo, mientras que la brisa de la tarde me levantaba el cabello y traía un soplo refrescante, cuyo susurro secaban las gotas de dolor que se resbalan por mi rostro.
¿Por qué lloraba en silencio?
¿Sería por todo lo que me tocó vivir en menos de un mes, por la incertidumbre de empezar desde cero fuera de la manada o por al