La abogada Martínez se detuvo frente a Ariana… o más bien, frente a la nueva identidad que ahora debía abrazar: Marfil.
La observó con una mezcla amarga de tristeza, culpa y una chispa de admiración.
El rostro de Ariana aún llevaba las huellas recientes del infierno vivido: una leve hinchazón en la mejilla izquierda, sombras violetas bajo los ojos, como cicatrices del alma que se asomaban a la piel.
Su cabello, antes de un rubio dorado que capturaba el sol, había sido teñido de un castaño oscuro