Sergio y sus guardias se adentraron en el camino tortuoso que los llevaba a Montaña Negra.
Iban acompañados por un lugareño, un hombre de rostro curtido por el sol, al que Sergio había pagado una buena suma de dinero para que los guiara hasta su destino.
La ansiedad en el pecho de Sergio era palpable, como una presión constante que le robaba la respiración.
Cada kilómetro que avanzaban se sentía como una eternidad, y el sinuoso camino, lleno de curvas y barro, parecía estirarse interminablemente