En Montaña Negra, la fiesta seguía su curso, pero Miranda sentía que el ambiente ya no la envolvía de la misma manera.
Había bebido más de lo que debería, intentando sumergirse en el bullicio, pero la confusión de sus sentimientos la rodeaba como una niebla espesa.
El lugar, iluminado por las luces tenues de las lámparas y la música que sonaba en los altavoces, parecía desvanecerse a su alrededor mientras se levantaba, tambaleándose ligeramente.
Cuando al fin llegó la hora de irse, Arturo se ofr