Dos años después
El museo de Cirna Gora estaba vestido de gala.
La luz cálida de los candelabros antiguos flotaba como un eco dorado sobre las paredes, y el aire vibraba con murmullos bajos, risas suaves y copas que tintineaban con elegancia.
Y en medio de todo, Marfil Corcuera.
Los cuadros, colgados con meticulosa atención, eran más que arte: eran trozos de su alma. Cicatrices convertidas en color. Silencios que habían aprendido a hablar.
Sus manos, que alguna vez temblaron por miedo, habían da