Lorna gritaba. Su voz, quebrada y temblorosa, desgarraba el silencio espeso del sótano como un cuchillo.
Estaba sentada sobre el suelo frío, con el cuerpo cubierto de polvo, lágrimas y miedo.
Las muñecas enrojecidas por las cuerdas que apenas le permitían moverse parecían sangrar con cada movimiento.
Cada segundo se estiraba, cruel, como si el tiempo mismo se burlara de su dolor.
Y entonces…
Un chirrido seco, lento, rompió la quietud. La puerta del sótano se abrió.
Ella se quedó inmóvil. El cora