Cuando Olivia llegó a la clínica, sus pasos eran inseguros, como si cada uno pesara una tonelada.
El suelo frío bajo sus zapatos desgastados no le daba ninguna seguridad; todo en su cuerpo temblaba, desde sus dedos entumecidos por el frío hasta su respiración entrecortada. La recepción olía a desinfectante, pero también a resignación, y en el aire flotaba un silencio tenso, como si todas las mujeres presentes contuvieran el mismo grito.
Olivia estaba decidida a hacerlo.
A decirle adiós a la pequ