Y efectivamente, no habían pasado ni quince minutos cuando escuché a la loquita gritarme. Ni siquiera se molestó en tocar, solo se anunció desde el patio y entró hasta la sala donde yo me encontraba.
—Ya vine. Ya estoy aquí. ¡Ya llegó por quien llorabas! —se acercó y me dio un sonoro beso en la mejilla y un abrazo apretado. Amo a esta loca.
—Me alegra mucho verte —le devolví cada cariño que me hizo.
—¿Qué tienes de comer? ¿No te dejo nada el bombón de mi jefe? —salió disparada a la cocina a bus